Qué Feliz el Campesino si Supiera que lo Es

A estas alturas de la vida uno ya aspira a cosas simples como ser decente, estar delgado, poder disfrutar cada noche del cuerpo y del espíritu de tu mujer, elegir cuidadosamente los alimentos que quieres y no dejarte sorprender por el cambio de las estaciones. Tener tus libros a mano, poder pasear la vista por sus lomos, sentir su llamada y, al abrirlos al azar, dejándote envolver por el aire que atraparon entre sus hojas en aquél instante pasado en que los abriste por última vez, reconocer su alma como la de aquel amigo al que perdiste el rastro, como la de tu perro, que ya no está contigo pero que seguro sigue persiguiendo mirlos o gaviotas en otros jardines o en otras playas.

Poder escuchar tus viejos discos cuando quieras, alternando sin orden jazz, ópera o boleros, organizándolos una y otra vez con un estudiado orden que sólo tú conoces. Dejar vagar la vista cansada por tus cuadros, serigrafías, litografías, acuarelas, óleos o collages que tan afanosa y costosamente reuniste en lo que ahora, un poco pretenciosamente, llamas tu colección de arte.

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