El agua y la gente mayor

Ingerir el agua necesaria para mantener el cuerpo hidratado no parece difícil. Pero, para las personas mayores, la hidratación suele constituir un problema. A medida que se envejece, el estímulo de la sed se va reduciendo y, por los tanto es fácil que el cuerpo se deshidrate con consecuencias que en un anciano puede resultar peligrosas. La deshidratación se puede manifestar sobre todo en el verano, cuando la temperatura exterior sube y hay mayor pérdida de líquidos por la respiración y la transpiración. Puesto que la sed no es en el anciano un sensor fiable del equilibrio hidrosalino, la hidratación debe asegurarse a través de un adecuado programa dietético y de la ingesta diaria de líquidos.

Una correcta hidratación en el anciano:

  • Mejora las condiciones circulatorias.
  • Ayuda a prevenir los cálculos renales.
  • Mejora la nutrición de la piel.
  • Ayuda a la digestión y previene el estreñimiento.
  • Favorece la agudeza mental.
  • Reduce la sensación de fatiga y mejora el tono muscular.

Los síntomas de deshidratación en el anciano son: escasa lucidez mental, cefalea, piel laxa, sensación de fatiga, boca seca y sed. La deshidratación en el anciano puede agravar patologías existentes y constituye un factor de riesgo de enfermedades y de muerte.

Una buena parte de los casos de deshidratación severa en los ancianos está asociada a enfermedades respiratorias agudas y febriles, como la gripe y la neumonía, típicamente ligadas al clima invernal. Por el contrario, en verano la deshidratación puede deberse a la elevada temperatura exterior u una aportación hídrica insuficiente, condiciones que favorecen el aumento de la temperatura corporal y el consiguiente riesgo de patologías por calor, en particular de la temida crisis hipertérmica.

La deshidratación puede producirse también si el anciano toma diuréticos, los cuales actúan en distintos sectores del riñón y aumentan la excreción de elementos como el sodio y el potasio, además del agua. El programa de hidratación para el anciano debe integrarse íntimamente con el de alimentación.

La alimentación en el anciano:

  • No debe ser nunca excesiva en cantidad. Es mejor hacer varias comidas ligeras que pocas y abundantes. Lo mejor es reducir la cena para favorecer el reposo nocturno.
  • Preferir los alimentos sencillos y genuinos, fáciles de digerir.
  • Reducir los alimentos muy calóricos, como fiambres, quesos grasos, carne de cerdo y dulces.
  • Aumentar el consumo de alimentos ricos en fibra, como la verdura, fruta y pan.
  • Limitar el uso de la sal. Si es preciso, sazonar las comidas con cantidades moderadas de ajo, cebolla, pimienta y otras especias.
  • Limitar el consumo de café bebidas alcohólicas, como vino o cerveza. Evitar totalmente los licores y destilados.

Las personas ancianas viven a menudo en una situación de aislamiento y soledad y tienden a cuidar poco de sí mismos. Pueden comer en cantidad insuficiente y siempre lo mismo, incurriendo en carencias nutricionales o desequilibrios metabólicos. Por ello, los parientes y allegados, las estructuras de sanidad pública o de voluntariado deben asistirlos tanto en la nutrición como en la hidratación. El programa de hidratación, así como el alimentario, ha de estar supervisado por el médico de cabecera, que conoce al paciente y puede prestarle asistencia no sólo sanitaria sino también psicológica.

Para que el anciano pueda realizar un programa de correcta hidratación, es preciso que disponga de agua. Agua del grifo si es de buena calidad; de lo contrario mineral, o filtrada y depurada.

Las personas ancianas suelen ser reacias a beber toda el agua necesaria porque ello las hace orinar más de lo habitual, algo que no siempre acogen de buen grado porque muchos sufren de incontinencia urinaria.

Este problema debe afrontarse y resolverse con la persona interesada, en el marco de un plan general de asistencia al anciano con la supervisión de un médico geriatra.

Otra variable importante para elaborar un programa de hidratación es el estado de salud. Algunas enfermedades, como la hipertensión, la descompensación cardiaca o la insuficiencia renal, requieren el establecimiento de un equilibrio hídrico muy preciso. El médico puede estimular el hábito de hidratarse correctamente prescribiendo, cuando las condiciones clínicas lo indiquen, algunos días en una estación termal.

En conclusión, el médico ha de elaborar el programa de hidratación teniendo en cuenta el estado de salud, el peso, la temperatura exterior y el grado de actividad física realizado, recomendando en general las siguientes normas:

  • No esperar a tener sed para beber.
  • Limitar el consumo de café, té y bebidas con cafeína.
  • Tomar sopas y caldos en las comidas.
  • Reponer de inmediato las pérdidas de líquidos debidas a vómitos o diarrea.
  • Beber un vaso lleno de agua durante las comidas, mientras se ve televisión y antes de acostarse.
  • Beber abundante agua después de una caminata u otra actividad física.
  • Informarse de los efectos de algunos fármacos, como diuréticos.

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